Los amores tardios
Los amores tardios Pepita afirmó que todas estas figuras de Rembrandt le parecÃan teatrales, espectrales, todas como fritas, envueltas en aceite rancio.
—Es verdad, tienes razón —dijo Larrañaga—: todo parece en vuelto en grasa y en caramelo, lo que no impide para que esté admirablemente dibujado y pintado. Me choca verte con opiniones tan definitivas, pero me parece que tienes razón. A mÃ, al menos, me da una impresión semejante.
Los sÃndicos de los pañeros, también de Rembrandt, tampoco le gustaron, por una razón indudablemente poco estética, porque uno de ellos se parecÃa a Van Leer.
Echaron un vistazo a las salas modernas.
Como pretendÃan que siguiera viendo el museo, Pepita dijo:
—Yo no quiero ver tanto cuadro; estoy harta; esto me aburre.
El señor Van Leer manifestó por Pepita gran admiración al verla tan definitiva en cuestiones de pintura.
—Es una mujer admirable —le dijo a Larrañaga—; yo no me atreverÃa ni a decir ni a pensar lo que ella dice.