Los amores tardios
Los amores tardios Siguieron mirando los distintos salones y galerías; salieron de nuevo al jardín y leyeron el letrero del reloj de la torre: «Paces solum horas indices». Larrañaga estuvo pensando cuál era la traducción exacta, y supuso que quería decir: ‘Indica sólo las horas de la paz’.
«¡Qué farsa, qué tartufería más desagradable!», concluyó diciendo.
A Pepita no le gustaba ir a los museos. A pesar de ello, Soledad y Larrañaga la convencieron para que fuese al Museo de Ámsterdam.
Fueron al museo y dio la casualidad de que se encontraron allá con el matrimonio Van Leer y con Fernando. No era posible hacerse los desconocidos, y no tuvieron más remedio que reunirse con ellos.
Pepita, que tenía cierto sentido de la pintura, se mostró displicente y desdeñosa.
Delante de la célebre Ronda de noche, de Rembrandt, Pepita dijo al momento que aquella luz no le parecía de noche.
—No es de noche, es evidente —replicó Larrañaga—. Pero ¿no te gusta?
—Me parece un cuadro muy efectista y que todas las figuras están como envueltas en una niebla aceitosa.
Fernando protestó. La holandesa hizo un gesto, como diciendo: «¡Qué disparate!».