Los amores tardios
Los amores tardios Les mostraron una serie de instrumentos de tortura, muy desagradables, y el tomo de Molière que leía uno de los hermanos en la prisión.
Después de comer marcharon a ver el Palacio de la Paz, hermoso edificio con torres, grandes arcadas y magnífico jardín.
El palacio de la Paz estaba convertido en curiosidad turística y se pagaba a la entrada por visitarle.
«¡Qué cantidad de farsa con salsa inglesa hay en todo esto!», dijo Larrañaga.
Entraron en el parque y después en el palacio.
Visitaron salas y más salas; vieron la reja labrada, regalo del káiser; el jarrón del zar Nicolás y tres tinteros de plata enviados por España.
—Me voy a lavar las manos —dijo Larrañaga a Pepita, al ver un magnífico lavabo—. Siquiera que un palacio así sirva para algo.
Se metió en el cuarto. Luego, al salir al corredor, se encontró con que el grupo de turistas había desaparecido; avanzó y retrocedió y no los pudo encontrar, hasta que, al cabo de diez minutos, vio que salían de un salón.
—¿Qué has hecho? —le preguntó Pepita.
—Nada; me he metido en ese cuarto de baño, y al salir no sabía dónde estabais. He pensado en las aventuras de un hombre perdido en el palacio de la Paz.