Los amores tardios
Los amores tardios Delft, dormida a la sombra de sus tilos frondosos, con sus canales estrechos, rectilíneos, sobre cuya superficie el comienzo del otoño iba dejando las primeras hojas amarillas, les hizo mucho efecto.
Había este olor de humedad otoñal tan admirable y se sentía la voluptuosidad de la vida, como si fuera un vino fuerte y aromático.
Larrañaga quiso encontrar el punto de vista que había tomado Juan Vermeer en su paisaje célebre de la calle de Delft, que está en el Museo de La Haya, pero no lo encontró.
Vieron el palacio de los príncipes de Orange, las marcas de las balas que disparó el francés Gerard cuando mató a Guillermo el Taciturno, y, al lado de un palacio y de una iglesia vieja, un medallón con la efigie del naturalista Leeuvenhoeck. Larrañaga conocía la vida y los estudios de este sabio holandés, que descubrió el microscopio, y contó sus fantasías y sus extravagancias.
Después marcharon a La Haya, entraron en la vieja torre fortificada donde los hermanos Witt, acusados de un complot contra la vida del rey, estuvieron encarcelados y fueron después hechos pedazos por el pueblo.
«Esta es la dulzura de los países protestantes», dijo Pepita.