Los amores tardios
Los amores tardios —Era muy buena muchacha, pero le faltaba salud. La muerte de esa chica me impresionó mucho. Me sentà misántropo, y pensé que toda la gente que me rodeaba era egoÃsta, estúpida y mezquina, quitando algunos infelices que venÃan a ser las vÃctimas propiciatorias de la crueldad general. Pensé volverme a España; pero… ¿no era también estúpida, egoÃsta y mezquina la gente de Bilbao? ¿No me habÃa pasado la juventud reprochándoles esos defectos? Decidà quedarme. Al menos, aquà me dejan en paz.
—Siempre has tenido tú esa tendencia de misántropo.
—Es, en el fondo, exceso de sensibilidad y poco valor, quizá histeria. En esta época de hipocondrÃa y de soledad, recordaba cosas que habÃa hecho, o tonterÃas que habÃa dicho como hechos actuales. Me avergonzaba y me ponÃa en ridÃculo ante mà mismo.
—¡Qué trabajos más inútiles!
—¿Qué quieres? Esto ha sido para mà lo peor. No he llegado a ser un hombre, como se dice, de una pieza; porque hay tipos que se lanzan a ser misántropos, solitarios, y lo son; no ven a nadie; eso está bien; pero yo, como digo, lo soy todo a medias. Un poco misántropo y solitario, un poco social, un poco bueno, un poco malo y siempre calamitoso.
—Y siempre también severo contigo mismo.