Los amores tardios
Los amores tardios LA CARTA BLANCA
En la calle ancha, con su canal de agua inmóvil y muerta, va replegándose el sol.
Una franja de luz amarillenta dora los tejados y las copas de los árboles verdes de una de las orillas.
Por el puente próximo, ancho y asfaltado, corren las bicicletas, llevando un mundo de empleados a sus casas de las afueras. Hombres derechos en su máquina, serios, un poco doctorales, pasan de prisa.
Arios braquicéfalos y dolicocéfalos; algunos católicos; la mayoría, protestantes; pero todos ciclistas. ¡El ciclismo! Carácter típico de los arios, según las clasificaciones un poco cómicas de Otto Ammon y de Vacher de Lapouge. Quizá los semitas, que abundan en la ciudad, pedalean también, copiando a los arios con cínica desvergüenza; pero es un pedaleo falsificado, mixtificado, para el cual no tienen derechos adquiridos. El ario, la bicicleta; el semita, el camello.
Chicas rubias, guapas, con el pelo suelto, marchan en su aparato con brío y estiran, sonriendo, con la mano, la falda corta para que no se les vean los pantalones con puntillas.
Los anuncios luminosos en un tejado centellean en los torbellinos de las aguas negras del canal desierto.