Los amores tardios
Los amores tardios En la calle próxima brillan los escaparates; por el canal estancado, bordeado por frondosos olmos, adonde no llega la luz de los faroles, una gabarra avanza oscura y gigantesca.
Silencio, tristeza. Cielo de ámbar.
Y el carillón de una torre hace: tin-tan, tin-tan, como un arpegio de guitarra perdido en el cielo ceniciento.
«Anochecer de Ámsterdam», Las estampas iluminadas
Larrañaga pasó varios días, en su casa de Rotterdam, preocupado, pensando que Pepita y su marido estaban ya en plena reconciliación. Una semana después de llegar de París, Pepita le telefoneó desde Ámsterdam.
«Estamos aquí en Ámsterdam, en el hotel Polonia del Rokin; ven a vernos.»
«La reconciliación quizá no era verdadera», se dijo Larrañaga, y se alegró.
Larrañaga conocía poco Ámsterdam. Rotterdam y Ámsterdam son pueblos que se miran con recelo. José, como vecino de Rotterdam, no tenía simpatía por Ámsterdam.
Larrañaga tomó el tren, bajó en la estación y fue andando hasta el hotel; preguntó por Pepita en la oficina y subió en el ascensor hasta su cuarto.
Pepita parecía cansada y de mal humor.