Los amores tardios
Los amores tardios —¿Cómo estás? —le preguntó ella—. ¿Por qué te fuiste de París tan de prisa?
—Tenía que hacer aquí —contestó Larrañaga mintiendo ¿Y por qué habéis venido a este hotel tan céntrico?
—Avisamos a otro, pero no nos guardaron cuarto, y tuvimos que venir a este.
—¿Estáis mal aquí?
—No. Pero ¡no es un hotel agradable! ¡Este cuarto tiene unas vistas tan antipáticas! Da a la parte de atrás, a terrazas y a patios.
Pepita abrió la ventana. Se veían galerías, ventanas de cocinas y talleres, y unos tejados planos, grises, llenos de piedras de río.
Enfrente se destacaba el cimborrio del Palacio Real, y debajo de su pequeña cúpula las campanas del carillón. Sobre el tejado se erguían tres estatuas de bronce, y, coronando el campanario, la veleta con un galeón antiguo con sus velas.
—Ya te cambiarán de cuarto —dijo Larrañaga.
—No pienso estar mucho tiempo en Ámsterdam.
—¿No te gusta esto?
—Muy poco; desde que estoy aquí duermo muy mal. En este pueblo hace un calor horrible.
—Sí, es una cosa insólita. Ahora hará calor en toda Europa. Esto es pasajero y durará poco.