Los amores tardios
Los amores tardios —Luego, ese carillón del palacio no hace más que estar sonando. Es una lata —murmuró Pepita.
—¿Qué tiene Pepita? —preguntó Larrañaga a Soledad, cuando entró en el cuarto de esta.
—No sé qué tiene; pero se encuentra triste y de muy mal humor. Vuelve a pasar los días llorando, pensando en la niña que se le murió. Luego, su marido no ha hecho nada de lo que le ha prometido. Al parecer, había dicho a Pepita que ya estaban rotas sus relaciones de amistad con la holandesa, y resulta que ese matrimonio holandés está aquí.
—¿Han venido?
—Sí, llevan en el pueblo más de una semana.
Fernando intentó, sin duda, ocultarlo; pero como esto no fue posible, los holandeses volvieron a verse y a hablar con Pepita.
Larrañaga los conoció. Aquellos holandeses vivían en Buenos Aires y sabían castellano.
El señor Van Leer era alto, de color ictérico, cara angulosa, bigote negro y aspecto insignificante, con expresión tímida y apocada.
Procedían de un pueblo próximo a Ámsterdam, y manifestaban, como casi todos los amsterdaneses, mucha antipatía por Rotterdam.
—Rotterdam es muy sucio —le dijeron a Larrañaga.