Los amores tardios

Los amores tardios

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—Yo no lo encuentro más sucio que cualquier otro pueblo.

La holandesa argentina era una mujer rubia y gruesa, con los ojos azules, tipo de Rubens o de Rembrandt; la nariz, un tanto corva; la cara, expresiva; era muy coqueta y vestía bien.

La holandesa tenía un aire erótico y lascivo. Estaba en ese otoño de la vida en que se ve que se pierde el terreno; sin hijos, y con el marido enfermo, daba la impresión de que quería aprovechar los años en que aún podía ilusionar y encender los deseos de los hombres.

A pesar de su buen aspecto, no se le podía comparar en gallardía, ni en elegancia, con Pepita.

Los holandeses hacían un viaje cada cuatro o cinco años a Europa. Les daba mucha pena ver Alemania en el estado en que se encontraba después de la guerra.

El matrimonio holandés-argentino se mostraba como si entre ellos y Fernando y Pepita existiera excelente armonía. Aseguraban que ellos eran los que aconsejaron a Fernando que fuera a Ámsterdam.

Después de la conversación con los holandeses, Pepita preguntó a Larrañaga:

—¿Qué te han parecido?

—Ella es una mujer de cuidado.

—¿Y él?

—Él es un infeliz.


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