Los amores tardios

Los amores tardios

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—Completamente.

—Es un señor pesado. Es un tipo contemporizador. Cuando se dice delante de él: «Me gustaría que hiciera buen tiempo», él asegura: «A mí también». Pero si otro a los pocos momentos afirma: «Vendría muy bien la lluvia», él dice convencido «Sí, es verdad; una lluvia ahora vendría muy bien». Desde niño ha debido de ser igualmente fino. Probablemente cuando le amamantaban, sacaba su gorrito y pedía permiso a su nodriza para tomar un sorbo.

—Los aduladores son muy aburridos.

—Este señor considera que la cortesía debe ser adulación.

—Para mi gusto es muy cargante.

Los Van Leer intentaban convencer a Fernando y a Pepita de que se quedaran en Ámsterdam.

—¿Es que no tienen vergüenza? —decía Pepita—, ¿o es que esa mujer es tan estúpida que no comprende que yo estoy enterada de todo? Esa gente no tiene idea de la dignidad.

—¿Por qué?

—Hay que ver, unas personas ricas como ellos y un marido que, en vista del papel feo que hace, considera que el galanteador de su mujer es el que tiene que hacer los gastos de las cosas superfluas.

—Es la consecuencia de la carta blanca.

—Es una fea consecuencia.


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