Los amores tardios

Los amores tardios

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—Es que el dinero es el gran disolvente de todas las virtudes. Se empieza vendiendo chocolate o zapatillas, se sigue vendiendo acciones de sociedades y se acaba vendiéndolo todo, aunque sea la mujer y los hijos. Cierta clase de dignidad necesita un clima espiritual especial, una temperatura fija; pasada esta o no llegando a ella, esa dignidad se pierde. El dinero es el gran putrefactor social, el gran disolvente.

—Tú sí que eres disolvente, como dice mi padre.

—Y él es absorbente, que para mí es peor. La dignidad es como la moral y como la cocina —siguió diciendo Larrañaga—. Por eso cada país tiene la suya. Hay en una comedia de Labiche, autor francés de muchísimo ingenio, aunque algunos le consideran desdeñosamente como sainetero vulgar, una marsellesa que va a París a casa de un comerciante amigo suyo y corresponsal. El señor de París dice, como si se tratara de un dogma: «El aceite, sólo en la ensalada». Sí, el aceite sólo en la ensalada en París, pero no en Marsella, ni en Nápoles, ni en Barcelona, ni en Málaga. En el sur, el aceite con el pescado, con las rosquillas y con la carne. El holandés, el alemán, siente el olor del aceite, que le molesta, en Valencia o en Sevilla; tú sientes el olor desagradable a manteca rancia aquí, en Ámsterdam. Con el tiempo, ellos y tú os acostumbraríais.

—No, creo que no.


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