Los amores tardios

Los amores tardios

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—¡Bah! Ya lo creo. A mí también me parecía una prueba de barbarie el comer mucha grasa; luego la he comido. Es el clima.

—Yo estoy por encima del clima —dijo Pepita con arrogancia.

Larrañaga se rio.

—Es una ilusión. Nos ha pasado en un barco de nuestra casa algo muy significativo. Se alistaron diez o doce marineros alemanes, acostumbrados a comer durante la guerra un sebo infame. Se les dio aceite en la comida, y, al parecer, aceite bastante bueno, y a la semana siguiente protestaron, diciendo que se ponían enfermos. Preferían el sebo. Lo mismo pasa en la moral.

—No me convencerás de ciertas cosas.

—Pues son así; cada pueblo ha creado, con sus instintos, sus gustos especiales. Sócrates y Kant, si se ponen a hablar en el Olimpo de la cosa en sí, es muy probable que se entiendan; pero si se ponen a hablar de cocina y de sus gustos, no se entenderán.

—¿Por qué no ha de haber un gusto general?

—Porque no lo hay.

—La comida francesa, por ejemplo, es el modelo.


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