Los amores tardios

Los amores tardios

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La tripulación de aquel barco ballenero se componía de noruegos o dinamarqueses; casi todos con cara redonda, pelo rubio blanquecino y ojos azules e inexpresivos, que miraban sonrientes desde la borda.

Atracaron con la Pepita a un lanchón y, saltando por encima de los fardos de la cubierta, subieron al barco bilbaíno. Estaban descargando. El que mandaba la maniobra daba sus órdenes en inglés. De cuando en cuando exclamaba perezosamente: «All right!».

Al subir al barco, Larrañaga dijo a sus primas:

—No creáis que en este barco, aunque os conozcan y sepan que sois hijas del patrón, os vayan a tratar con simpatía. Sois las hijas de un burgués y, siguiendo las pragmáticas socialistas, os tienen que mirar con odio.

—Bueno; ¡qué le vamos a hacer! —dijo Pepita—. Tienen poco aire de marinos esta gente.

—Ya nadie tiene aspecto de marino —contestó José—. El tipo de marino ha desaparecido de todas partes. Estos parecen obreros petulantes que pueden pasear el domingo en el Arenal de Bilbao. Son socialistas, internacionalistas; cantan canciones de café-concierto y se preocupan de los campeonatos de fútbol. Son iguales que los señoritos. Es lo peor que se puede decir de ellos.

Entraron en la cámara del capitán, que saludó a Pepita y a Soledad con talante de burócrata atareado que no tiene tiempo de ser amable.


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