Los amores tardios

Los amores tardios

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—Algunas de esas grúas parecen pájaros, como cigüeñas, que les colgara la carga del pico —dijo Larrañaga—. Otras recuerdan las figuras geométricas.

A dos balleneros enormes los estaban limpiando y pintando los fondos; uno de ellos era completamente blanco.

—¿Los pintan? —preguntó Pepita.

—Algunos, sí; a otros les dan sebo y sal de plomo.

Los remolcadores pasaban, haciendo roncar sus sirenas, arrastrando las barcazas, echando bocanadas de humo negro y dando silbidos estridentes.

Aquellas aguas turbias y grises, con su sombrío oleaje, cruzadas por embarcaciones que iban en todos sentidos, no dejaban de tener su grandeza.

En una de las lanchas, desde donde limpiaban los fondos de un ballenero, se destacaba un hombre grande, monstruoso, medio desnudo, lleno de vello, con un color de cerdo blanco. Tenía los brazos enormes, llenos de tatuajes azules. Su cara era tan brutal como su cuerpo.

Pepita desvió la cabeza con horror.

«No se asuste la damita —le dijo aquel hombretón en inglés—. Soy un hombre que sabe ser galante con las señoras.»

Luego escupió un salivazo amarillo, de tabaco, al mar.

Larrañaga se echó a reír.


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