Los amores tardios

Los amores tardios

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Las sirenas rompían con voz ronca la niebla espesa.

Los barcos petroleros y los transportadores de mineral, negros y cerrados, y otros vapores blancos y rojos de minio pasaban con el retemblor de las máquinas y de las hélices y con murmullo suave al frotar sus paredes de hierro en el agua.

Los aspiradores y elevadores neumáticos, con escalas y tubos, parecían en la niebla verdaderos monstruos.

—Son como animales vivos —dijo Larrañaga—; parece que tienen brazos y manos, y una trompa, con la que aspiran el trigo. Un poco más y tendrán vida.

—Esta niebla es una fantasmagoría completa —dijo Pepita.

—Todo lo hace vago y lo llena de fantasmas —repuso José—. ¿Esa grúa es una grúa o el espectro de una grúa? ¿Ese es un barco o el fantasma de un barco?

Algunas pequeñas goletas y pataches pasaban de una zona de niebla a otra de sol y, de pronto, aparecían con las velas rojas.

—¡Cuántas veces han pintado eso los antiguos pintores flamencos! —exclamó Larrañaga, mostrando el mar gris y las velas remendadas de color de naranja.

Hacia atrás se veía el gran puente de hierro sobre el Mosa.


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