Los amores tardios
Los amores tardios —Este mismo viajecito me recuerda otra habanera —siguió diciendo Larrañaga.
—¿Cuál?
—Aquella que dice:
Cruzando el mar noche y dÃa
yo te vi con el viento; yo te vi no dudar,
y envié mi barquita, la que cruza ligera,
a buscar otra playa, sÃ, donde pueda vivir sin amar.
—Bueno, Joshé, abandona ese capÃtulo —dijo Pepita.
—¿Te parece ridÃculo?
—SÃ, la verdad.
—¿Por qué? Muchas de esas canciones que ahora parecen tontas han conmovido a los que las cantaban.
Siguieron marchando por el Mosa.
La mezcla de humo y de niebla sobre el rÃo ancho, amarillo, ribeteado por la espuma de las olas que hacÃa saltar la popa de los barcos, tenÃa un aire confuso y romántico.
La lancha de gasolina cortaba el agua, de color de cieno, como una flecha; pasaba por delante de soportes de madera, que parecÃan náufragos, almas en pena en aquel rÃo turbio y brumoso, en el infierno de las olas y de las espumas.
El agua, gris y amarillenta, daba la impresión de navegar sobre barro.