Los amores tardios

Los amores tardios

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una fragata balancear.

—¡Qué Joshé! ¡Qué célebre!

—Ver la fragata y no ir en ella era muy propio de los españoles de mediados del siglo diecinueve —siguió diciendo Larrañaga—. Sí; en Holanda se nota mucho el Oriente, aunque no en las canciones. A nosotros, los españoles, unas colonias como las holandesas nos hubieran excitado la imaginación y les hubiéramos enviado en seguida, automáticamente, frailes, militares y malos empleados; hubiéramos tenido allí grandes amistades y grandes odios, con lo que hubiéramos perdido nuestros dominios. Los holandeses, flemáticos, no excitan su imaginación y, a cambio de la canela y de la nuez moscada, envían buenos empleados y quesos de bola, que sin duda sirven para afianzar su poderío.

—El de Santurce se ríe —dijo Pepita.

—Este es un bizkaitarra que cree en muchas majaderías.

—Yo no he dicho nada. Usted es el que se burla, don José —replicó el marinero.

—Es verdad; yo me burlo; pero no divido al mundo en buenos y malos, en tontos y listos, y me pongo yo en el grupo de los buenos y de los listos.

El marinero de Santurce sonrió.

«Otro más que tiene mala idea de Joshé», pensó Pepita.


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