Los amores tardios
Los amores tardios —¿Quién es este hombre? —preguntó Pepita en voz baja a Larrañaga.
—Nadie. Un cualquiera que se cree con derecho a ser desvergonzado.
Después, el capitán, el piloto y el empleado de comercio hablaron del nuevo mayordomo.
—Es ruso —dijo el piloto—. Yo no sé qué clase de pájaro es; si es un imbécil o un mÃstico. Siempre está leyendo la Biblia. Yo le dije el otro dÃa: «No comprendo cómo lee usted esas tonterÃas». Él se encogió de hombros. Otra vez le oà que decÃa al cocinero que habÃa que prepararse por si nos llamaba el Señor. «Y si no hay llamada, ¿qué va usted a hacer?». Si quieren ustedes, le diré que venga para que le conozcan ustedes y se diviertan un poco.
—No, no —dijo Soledad, a quien la idea de burlarse de una persona le parecÃa muy mal.
—Cuando queráis, nos vamos —dijo José.
—Bueno; vámonos.
Al salir a cubierta vieron al ruso. Era alto, rubio, con las mejillas hundidas, muy serio y muy triste. ParecÃa persona distinguida. Hablaba castellano despacio, pero con bastante corrección.
—Este hombre tiene aire de ser algo —dijo Pepita.
—SÃ; es verdad.