Los amores tardios

Los amores tardios

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Seguramente, de vivir su hija, hubiese tenido bastante con ella —pensaba Pepita—; pero su soledad y su abandono la impulsaban a resoluciones violentas.

Su marido rompía tranquilamente su unión y, a pesar de que ella ya no le quería, de que le despreciaba, sentía un movimiento de rabia y de despecho al verse olvidada.

Él se había aprovechado de todo: del prestigio y del dinero de su familia y de su casa; de tener una mujer bonita, inteligente y que hacía siempre buen papel en sociedad, y por lucirse delante de una mujer como la holandesa, corrida, la abandonaba.

Ella le había aconsejado y dado personalidad entre su familia, y aun entre los socios de su padre, y a la primera ocasión la dejaba sin preocupación alguna, sin el menor entusiasmo, más que nada, por echárselas de grande y de conquistador, por pura vanidad.

El día que José oyó a Pepita explicarse así, le pregunto:

—¿Así que estás dispuesta a tomar venganza?

—Sí.

—Pues, chica, contra un marido no creo yo que haya para su mujer más que una clase de venganza.

—La tomaré. La que sea.

Veía a su marido tan egoísta, tan bajamente egoísta, tan pequeño, tan mezquino, tan satisfecho de sí mismo, que le indignaba.


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