Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que allí se cebaba la epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en su país, cuando había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San Miguel desde el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y las bestias. Él sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no…
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no comprendía cómo un hombre que andaba con él podía ser tan burro para creer estas cosas. Ganisch dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de parte de Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se trataba, el mayor exclamó:
—¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos en una posada que se llamaba Preussiseher Hof, nosotros seguimos adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de noche en una aldea casi hundida en la nieve.