Los caminos del mundo

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Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde ponernos a dormir.

Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.

El posadero dijo que allí no podía ser, porque teñía que dormir él con su familia, y que nos fuéramos.

—Nada; vamos a ver al burgomaestre —dijo el mayor.

Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve, llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó en alemán lo que deseábamos.

Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.

—Aquí no hay camas ni posada —gritó el burgomaestre furioso—; todas las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.

—¿Pero no podríamos entrar bajo techado? —preguntó el mayor.

—Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.


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