Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Cenamos muy bien, nos acostamos en el cuarto grande Eugenio y yo, y nos despertamos con un espectáculo verdaderamente grotesco.
Había concluido de rezar mis oraciones y estaba en el momento de conciliar el sueño, cuando oí un grito y un ruido de cascotes que caían sobre mi cama.
—¡Eugenio! —dije.
—¿Qué?
—¿Has oído?
—No; ¿qué pasa?
—Que cae algo de arriba.
—No he oído nada.
Encendí la luz, miré al techo, y ¡cuál no sería mi asombro al ver que este cedía e iba apareciendo encima de mí, entre briznas de heno, como un sol de carne, la parte posterior de la criada rubicunda de la posada!
—¡Eh!, ¿qué es eso? —exclamó Aviraneta, como si la parte aquella al descubierto de la criada le fuera a contestar.