Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Aviraneta se levantó de la cama, se puso un abrigo, salió del cuarto y subió las escaleras al pajar. Por lo que me dijo, se encontró a Ganisch, que intentó esconderse y ayudó a la criada rubicunda a salir del atranco en que estaba, pues por poco se cae desnuda encima de mí. Después de haber aconsejado a los dos que escogieran sitio más sólido para sus experiencias, se volvió a acostar, riendo a carcajadas.
Al día siguiente salimos de la posada de la criada rubicunda y nos fuimos a ver a un comisario inglés, a pedirle plazas en un barco.
El comisario era tipo quisquilloso y antipático, y nos dijo que debíamos pagar los billetes por anticipado si queríamos que se nos reservaran los puestos. Lo hicimos así, y nos dijo que nos presentáramos al día siguiente, por la mañana, en el muelle.