Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —Moreau…, Pombas…, Vallé…
Volvimos a saludar y a darles la mano. Al cuarto de hora hubo nueva presentación.
—Fabvier…, Delon…, Caron…, Vaudoncourt…
Nos dimos un apretón de mano, y, como no convenÃa llamar la atención, nos desperdigamos por el baile.
—Está aquà la flor de la Sociedad El alfiler negro —dijo Cugnet, y añadió, dirigiéndose a m×: España dirá el momento, caballero. Los tiranos nos han de conocer. La libertad española tendrá a su servicio las mejores espadas de Francia.
—Ahora, señores, como aquà es imposible hablar con comodidad —dijo Aviraneta—, nos vamos a ver mañana en la librerÃa de Eymery, de la rue Mazarine. Yo iré a avisar a dos o tres personas por la mañana; ustedes vayan a las cuatro. Usted, Cugnet, lleve, si puede, a Berton. Si ven ustedes que les espÃan, no entren. Ahora, señores, ¡buenas noches!
Y Aviraneta hizo un signo masónico y desapareció.