Los caminos del mundo

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—Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga aquí con usted y que me espere unos minutos, porque mientras tanto yo voy a hacer otro recado. Le di al tabernero los francos prometidos, salí de la taberna y me metí en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero juntos, entré en el hotel de la Corneta y subí las escaleras hasta el cuarto de Conchita. Llamé.

—¿Eres tú? —me dijo ella.

—Sí.

—Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la llave. Yo no sé cómo abrirla. Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por la rendija de la puerta; pero no era posible abrir.

—¿No tienes algún cuchillo grande o alguna cosa para correr la lengüeta de la cerradura? —dije a Conchita—. ¡A ver, ensaya!

Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió nada.

De pronto se me ocurrió una idea que me pareció muy buena.

—Oye —le dije.

—¿Qué?

—El cuarto de tu tío, ¿está pared por medio de este?

—Sí.

—¿No tiene alguna comunicación, alguna puerta condenada, o algo por el estilo?


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