Los caminos del mundo

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Impaciente, acabé de arreglarme y en seguida salí a la calle, tomé un coche y pasé por delante del hotel de la Corneta. Todavía no estaba el papel en el cristal de la ventana. Sin duda no había salido el viejo don Bartolo. Mandé al cochero que me aguardara en una esquina de la calle, y me puse a esperar que apareciese la señal. Eran las dos y media y aún no había aparecido. Empecé a pensar que para las cuatro tenía la cita con Aviraneta y que no iba a poder acudir. A las tres menos cuarto el cuadrado de papel blanco se vio en el cristal de la ventana.

Inmediatamente me fui a una taberna, que se llamaba A la cita de los cocheros; entré y pregunté al dueño por el hotel de la Corneta. El hombre me dio una explicación de dónde estaba, y yo le dije que era recién venido de Angulema; que tenía el encargo de dar quinientos francos de una herencia a una señora Mathieu, que vivía en el hotel de la Corneta, y añadí:

—Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco francos para que fuera a avisar a esa señora.

—Yo mismo iré —dijo el tabernero.


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