Los caminos del mundo
Los caminos del mundo Abandonamos el cajón de zapatero y dijimos que el punto para la correspondencia se fijaría de nuevo. Había que esperar una ocasión, sin avanzar ni retroceder.
A mediados de marzo se presentó Aviraneta en mi casa con un tal Arquez, militar amigo de Renovales, que venía de Bilbao.
Arquez se hacía llamar Francisco Ruiz, y otras veces, Jorge Calleja. Era un hombre bajito, grueso, canoso, de cara abultada y picada de viruelas, y la voz, bronca y dura.
Cuando se le explicó lo que se había hecho quedó el hombre maravillado, porque el buen Arquez no se distinguía ni por su inteligencia ni por su astucia.
Se le exhortó a que se callara, y él prometió no decir nada aunque lo asparan. Iba a despedirse de nosotros cuando vio a Marta Visconti, y tal fue su entusiasmo, que dijo que inmediatamente que hiciera su comisión tenía que volver a Madrid.
Efectivamente, así lo hizo, y se convirtió en un mastín de la italiana.
Aviraneta le llamaba el Perrete.