Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —Entonces pueden encontrar nuestra pista.
—No me parece tan fácil.
—SÃ, no es difÃcil; cuando vean al otro sin el hábito de fraile comprenderán que nosotros se lo llevamos e interrogarán a los serenos del barrio.
—¿Y qué hacemos? —dije yo.
—Si no fuera por Arquez, que va a venir y nos va a fastidiar, porque ya le han visto varias veces con nosotros, lo más prudente serÃa quedarnos aquà ocho o diez dÃas. Pero viniendo el Perrete, como vendrá, lo mejor es marcharnos.
—¿Adónde?
—Eso es lo que estoy pensando. Porque la cuestión es que desaparezcamos los cuatro.
Eugenio comenzó a pasearse arriba y abajo por el cuarto; luego se puso a escribir con mucho trabajo, simulando la letra.
—¿Qué hace usted? —le dije.
—Voy a ver si les estorbo un tanto a Corpas y a Freire. Les voy a denunciar a la policÃa.
—Se va usted a comprometer.
—No; si me comprometiera no lo harÃa. Esto, por el contrario, nos puede servir.
—Pero ¿qué crédito cree usted que van a dar a una denuncia anónima?