Los caminos del mundo

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EL ASILO DE MAESE JUAN «EL FILÓSOFO»

AL anochecer aparecieron Arquez y Santiaguito el Chaval. Santiaguito, que era un hombrecillo bajito, rubio, algo cojo y jorobado, y que hablaba de tú a Aviraneta, dijo a este que en su casa no podía esconder a nadie. A los requerimientos de Eugenio concluyó diciendo que, si no teníamos escrúpulos en meternos en cualquier rincón, nos llevaría a todos a un sitio donde estaríamos seguros.

«Nada; ahora mismo.»

Decidimos dejar la casa de dos en dos y reunirnos en la Puerta de Atocha. Marcharon primero María y Conchita. A Conchita se le puso el refajo hecho con el hábito del fraile y un mantón; parecía una criada alcarreña. Luego salieron Santiaguito y Aviraneta, y, por último, Arquez y yo, embozados en nuestras capas.

Al pasar por la plaza de Santa Cruz nos encontramos con una patrulla de gente armada, a las órdenes del corregidor, que iba, sin duda, a recorrer los barrios bajos.

Pasamos el susto correspondiente y seguimos nuestro camino por la calle de Atocha. Ya estaba completamente oscuro. Hacía una noche fría, venteaba con furia y los farolillos de aceite de las calles oscilaban con las ráfagas del aire. Salía a ratos la luna entre nubarrones negros.


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