Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —SÃ; don Eugenio, sÃ.
—Cuando se tiene el oficio de usÃa, hay que estar bien con el verdugo —dijo filosóficamente maese Juan.
Yo me estremecÃ.
—Es verdad —dije—, porque el mejor dÃa se está expuesto a entregar a uno de ustedes el cuello.
—Por fortuna —dijo él—, no todos los verdugos son iguales; hay verdugos y verdugos, caballero.
—Cierto. En esa profesión, como en todas, habrá sus más y sus menos.
—Y que lo puede usÃa decir muy alto, señor, porque parte del oficio depende del material. Y buenas cuerdas, como yo, no hay verdugo que las tenga; pero parte, y perdone que se lo diga, a usÃa, depende de la mano.
—¿Y usted la tiene buena, maese Juan?
—No es por alabarme, caballero; pero creo que para enviar con limpieza a un cristiano al otro mundo no hay muchos que se me puedan poner delante.
—Y, sin embargo, ¿usted no habrá matado a nadie antes de ser verdugo?
—A nadie, señor. Es más: la idea sólo de matar me desazonaba; pero cuando entré en las funciones del cargo, cambié y me dije: «Juan, tú no eres un hombre; tú eres la misma Justicia bajada del cielo, que sirve de tus manos para castigar».
—¿Asà que no tiene usted remordimientos?