Los caminos del mundo

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Baroja imprimió en su farmacia proclamas de los franceses, desde 1808 a 1813; manifiestos de los patriotas, de los realistas, de los constitucionales de Riego y Quiroga, de los feotas de Quesada y Juanito, de los personajes de la Junta de Oyarzun, de los generales de Angulema, de los cristinos y de los carlistas.

Mientras tanto, iba dando a la estampa catecismos en vascuence, almanaques y alguno que otro libro más voluminoso.

Baroja recordaba muchas cosas. Como impresor, se había tenido que avistar con generales de Napoleón, con guerrilleros, con liberales acérrimos y con reaccionarios furibundos, y contaba sus recuerdos de una manera amena y graciosa.

Baroja había tenido su corta vida política. Se había afiliado a una Sociedad, constituida en San Sebastián de 1820 a 1823, llamada La Balandra, Sociedad dirigida por su secretario, un tal Legarda. Entonces San Sebastián era pequeño, pero tenía espíritu y algún carácter vasco; no se parecía a la ciudad de hoy, híbrida como un pueblo americano, petulante, sin tipo, dominada por los jesuitas y por una burguesía ramplona y vulgar.


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