Los caminos del mundo
Los caminos del mundo HACE ya muchos años estuve con mi mujer pasando el verano en Irún. Escogí este pueblo porque podía ir rápidamente a Vera, donde vivía mi madre, y también porque me gustaba enseñar a mi mujer los sitios y lugares de las correrías hechas por Aviraneta y por mí.
Visitaba con frecuencia el valle de Oyarzun, donde tengo parientes, y charlaba con algunos amigos del pueblo en la tertulia de la botica.
El boticario, don Rafael Baroja, era un señor que de joven fue a Oyarzun desde un pueblo de Álava y se estableció allí, casándose con la hermana de otro farmacéutico apellidado Arrieta.
Don Rafael Baroja, o de Baroja, como se llamaba él, el buen viejo, como hombre del siglo XVIII, tenía la chifladura de la hidalguía, y a poco que se insistiese sobre este punto sacaba sus ejecutorias; sentía, al mismo tiempo que la efusión por el pasado y por la casta, gran entusiasmo por el progreso.
Una de las manifestaciones de su entusiasmo había sido instalar, a poco de llegar a Oyarzun, una pequeña imprenta y ponerse a componer en el rincón de la rebotica, contento como un chico con un juguete nuevo.
