Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —¡Eugenio! ¡Con ese traje! ¿Es que Dios te ha llevado por el buen camino?
—No, no —me dijo él con sorna—; soy tan cura como tú; es decir, algo menos que tú; pero por una serie de circunstancias, enojosas y largas de contar, he tomado este disfraz. Vengo enviado por tu madre para ayudarte a salir de aquí.
—¿Está bien mi madre?
—Muy bien.
—¿Y mi novia? ¿Sabes algo de ella?
—Me han dicho que está en un convento.
—¡Ah! Por eso no contestaba a mis cartas. Me consuelas. Ya estoy más tranquilo.
—¿Pero cómo no has intentado escaparte?
—Lo he intentado; pero todos mis intentos han fracasado. Los Pirineos están muy lejos.
—Bueno; pero ahora hay otro camino posible para huir.
—¿Cuál?
—El de Suiza. No hay más que veinticinco o treinta leguas que recorrer.
—Sí, pero las fronteras están muy guardadas, y como Suiza está aliada con Francia, aun después de pasadas las líneas fronterizas hay el riesgo de ser entregado a los franceses.