Los caminos del mundo
Los caminos del mundo —SÃ, señor abate; pueden ustedes montar. Subimos al carruaje. Las calles estaban muy oscuras, cubiertas de nieve, envueltas en niebla. No se oÃa más ruido que el agua al caer de los canalones a las aceras.
El coche marchaba en silencio.
Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente y el barrio de Saint-Laurent; no habÃa un alma por las calles. Al acercarnos a la puerta de San Marcelo, la única por donde se podÃa salir, nos la encontramos cerrada.
—Me habÃan dicho que se abrÃa al amanecer —murmuró Aviraneta, preocupado.
Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:
—¿No es hora de que la puerta esté abierta?
—Sà —contestó el vecino—; sin duda, al guardián se le han pegado las sábanas; yo lo despertaré.
Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese alguna orden para preguntar o pedir pasaportes; más que nada, por el ridÃculo que caÃa sobre mÃ.
Salió el vecino con el guardián, y este se puso a abrir la puerta.
—¿Sin duda no creÃa usted que con tal mal tiempo tendrÃa nadie ganas de viajar? —le preguntó Aviraneta.
—No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.
—Gracias, muchas gracias.