Los caminos del mundo

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—Por la mañana, cuando aclare; el coche espera en la cuadra.

Como Aviraneta era terco no quise entrar en discusiones.

—¿Tienes la seguridad de salir de Chalon? —le dije.

—Sí.

—¿Cómo lo has podido conseguir?

—Amigo, los masones tenemos recursos secretos —contestó él con jactancia.

—¿No nos detendrán?

—No, no; puedes estar tranquilo.

—Si es así, bueno.

Pasamos toda la noche charlando, esperando a que aclarara. El tiempo estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al amanecer fue serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de ella y de sus hijas.

Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al alba salimos a la calle.

En la puerta de la fonda encontramos un coche y al cochero, que estaba enganchando.

—Buenos días, Juan —dijo Aviraneta.

—Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su sobrina?

—Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?


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