Los caprichos de la suerte

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Deibler parece que tenía mucha preocupación por su popularidad y se lamentaba a veces de que la prensa no siempre le tratara bien, sino que le criticaba por no haber estado hábil en una ejecución.

—¡Dame on n’est pas sur d’avoir come bonne presse[9]! —solía decir con cierta melancolía.

—Deibler ha muerto, de repente, hace poco —indicó Elorrio.— Había salido de su casa para tomar el Metro. En la estación de Montparnasse le aguardaban sus ayudantes. Se les esperaba en Rennes, donde tenían tarea. En la estación de la puerta de Saint Cloud, Deibler cayó al suelo, como herido por un rayo.

Cuando el escritor acabó de contar lo que había leído, las dos mujeres, que no habían despegado los labios, quedaron un tanto impresionadas.

—Bueno, conste que ustedes han querido que lo leyese. Si esta noche sueñan… —dijo Elorrio mientras ellas se dirigían al ascensor—, no será mía la culpa.

—No tenga usted cuidado —dijo Julia—. Si soñamos que el «Señor de París» se acuesta con nosotras, ya le contaremos nuestras impresiones, porque si no es más que un sueño, podemos contarlas.

—Otra cosa sería —dijo Gloria—, si nos visitase la angina de pecho.

Las dos subieron a sus cuartos. Escalante charló con Elorrio y después este se fue a su casa.


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