Los caprichos de la suerte

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—Deibler, el actual —indicó Elorrio—, había nacido en Rennes en 1863. Su padre desempeñaba las funciones de ejecutor de la justicia. Después de estudiar en un Liceo, se inició en la carrera familiar siendo ayudante de su abuelo, también verdugo en Argel. Después ayudó a su padre en París y le sucedió, por haber enfermado el autor de sus días en 1899. Además del automovilismo cultivaba la fotografía. Ordinariamente no le gustaba hablar de su profesión.

Una vez, en el circo, donde había llevado a su hija, un clown, armado con una inmensa navaja de afeitar de cartón, dijo a su augusto mirando a Deibler: «Voy a guillotinarte». Este le lanzó tal mirada que no le quedaron al payaso ganas de repetir la broma. Y no era que hubiese reconocido al verdugo, sino una casualidad.

Otra vez, parece que Deibler recibió en su casa la visita de un académico historiador, que fue a preguntarle si realmente Landrú había existido. El verdugo se limitó a contestar:

—No puedo decir a usted si existió o no. A mí el procurador de la República me entregó un hombre que llamaban Landrú. Yo no tenía por qué establecer su identidad. Me lo entregaban para que le cortase la cabeza, que es lo que hice lo más rápidamente posible.


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