Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Lo que leyó Gloria eran unas declaraciones de un tal Jorge Martín que, durante quince años, fue ayudante de Anatolio Deibler, ejecutor de la justicia, presentándolo como un hombre sensible, distinguido y discreto. No había sido espontáneo en él el dedicarse a una profesión tan especial, que tantos solicitantes tenía en Francia, pues según parece todos los años se iban recibiendo en el ministerio centenares de cartas pidiendo la plaza, y hasta los había que se ofrecían gratuitamente. Sin duda, los adoradores de la diosa Kali, popularizada por Ponson du Terrail en Rocambole, eran infinitos. Se veía que el oficio de verdugo tenía sus aficionados. Ya modernamente, el Deibler actual era hijo y nieto de ejecutores.
—¡Vaya una genealogía! —indicó Julia.
—Pues esta era la suya. Su mujer había sido chalequera, muy aficionada de niña a montar en velocípedo, conociendo a su futuro en un club ciclista. Vivían en la calle Claude Terrasse, una calle del barrio Saint Cloud, bastante cerca del Sena, donde les nació una hija.