Los caprichos de la suerte

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Durante toda la comida estaban en esa continua esgrima de mutuas y poco amables imputaciones. Se comprendía que la paz familiar no debía de ser en ellos muy grande. Sin duda, no les bastaba vivir separados y a pesar de verse de tarde en tarde necesitaban hacerse reconvenciones agrias.

Había también un inglés alto, afeitado, flaco, de severo aspecto, que gastaba monóculo y llevaba un crucifijo al cuello. Este señor, a pesar de su aparente misticismo, se emborrachaba con delectación. Su hija, que no se parecía gran cosa a él porque tenía una marcada tendencia a la obesidad, andaba con mucha frecuencia por el último piso del hotel y tenía amistades con algunas de aquellas medio cocotas que vivían en las alturas, amistades que se consideraban por algunos un poco sospechosas.

Otra señora mal vestida, bastante fea, vieja y presumida llevaba su perro favorito dentro de un maletín. Un perro que tenía cara de persona, horrible, con la frente abultada, los ojos melancólicos, una lengua y unas barbas que le daban cierto parecido con algún escritor o político célebre del que había muchos retratos.



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