Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Pocos días antes había llegado al hotel del Palais Royal un señor católico, procedente de Austria, al cual Gloria le había oído que contaba al conserje que en Viena se había encontrado con las iglesias cerradas, de manera que no se podía penetrar en su interior por la entrada principal, teniendo que utilizar necesariamente alguna puerta trasera, más o menos disimulada.
Él había llamado en un templo y le había abierto un cura que le había preguntado:
—¿Qué quiere usted?
—Yo quisiera confesarme —contestó.
—Bien, pase usted, pase usted enseguida sin que le vean.