Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte EL JUGADOR
SE VEÍA TAMBIÉN a un señor inglés, que hablaba algo de italiano, el cual solía pasarse el tiempo en la sala del hotel jugando al lexicón.
Contaba con cierta gracia algunas aventuras de su vida de aficionado a los juegos de azar y sus temporadas, más o menos felices, en Montecarlo, en Ostende y en Spa. Creía que la posesión de un amuleto le ponía a cubierto de sufrir graves tropiezos.
Un día este señor indicó al chófer que le llevara a Enghien. Marcharon allí, entraron en una casa de juego, y el hombre, a pesar de su amuleto, tuvo una racha de mala suerte tal que perdió todo lo que llevaba.
Cuando le quedaban tres mil francos, guardó doscientos para la vuelta al hotel.
—¿Lo que resta, lo jugamos? —le preguntó al chófer.
Como este conocía con qué intención le hacía la pregunta, le contestó:
—Sí, debe usted jugarlo.
Lo jugó y lo perdió a pesar del amuleto.
