Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Es posible, aunque no muy probable.
En aquella hondonada habÃa una barraca hundida en el suelo en una plazoleta cuadrada como un foso. La casucha tenÃa un tejado de hojas de zinc sujetas con piedras, una chimenea y una veleta con unas aspas que el aire, al moverla, hacÃa chirriar. En medio del corralillo, habÃa una mujer, despeinada, con un trapo extendido en el suelo y encima unas cuantas cosas absolutamente heterogéneas en venta.
Mientras el dibujante hablaba de la virgen gótica, el escultor marchó a otro puesto para examinar un espejo muy adornado, estilo Luis Felipe. A poco le siguió Abel, quien se quedó mirando la imagen de la virgen por delante y por detrás, cada vez más convencido de que era moderna, es decir, falsa.
—¿Qué, le gusta a usted? —le preguntó la mujer del puesto.
—No señora, la verdad. Es que estábamos hablando de si esa estatua era antigua o moderna, y cuanto más la miro, más me convenzo de que es moderna.
—SÃ, es moderna —dijo la vendedora—. En nuestra casa, que está en el bulevar Raspail, hay una imagen gótica auténtica. Puede usted ir a verla, si quiere —y le dio una tarjeta con la dirección.