Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte De los tres curiosos, el escultor Barral era el que conocía mejor la disposición y la especialidad de los puestos de la feria y hasta tenía sus amistades entre la gente de los puestos. Se paraba a hablar con los vendedores, cambiaba con ellos algunas palabras, recogía indicaciones o referencias que le podían servir para dar con algo para él valioso.
El más indiferente era Elorrio, que no buscaba nada concreto, ni tenía dinero para hacer compras. Miraba lo que había por allá, a uno y otro lado, y se paraba a contemplar la animación pintoresca, que era grande aquella mañana porque el tiempo tibio favorecía un paseo al aire libre.
En uno de los puestos vieron una estatua antigua de madera que representaba una virgen gótica. Preguntaron el precio. Estaba tasada en muy poco dinero, quinientos francos. ¿Era auténtica o no?
El escultor pensó que era falsa, de primera intención.
El dibujante Abel dijo:
—No parece auténtica, es verdad. Pero… ¿quién se pone a hacer una falsificación así, que exige tanto trabajo, para venderla después en quinientos francos?
—¡Bah!, ¿quién sabe si el que la hizo creyó venderla en veinte mil y luego tuvo que deshacerse de ella por una cantidad pequeña?