Los caprichos de la suerte

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El tipo que había abordado al dibujante era un hombre pequeño y derrotado, con sombrero blanco, chaqué viejo ribeteado con trencilla, pantalones un poco cortos, camisa remendada y un cuello postizo, amarillento, de celuloide, que le salía fuera de la chaqueta como un collar.

Llevaba este vejete a un lado una cartera vieja de hule, en bandolera, sujeta al hombro por un bramante negro, y dentro de la cartera algunas estampas y acuarelas para mostrárselas a los posibles compradores, si es que tenía la suerte de tropezar con alguno.

Cuando se sintió escuchado, contó que hacía más de treinta años que residía en París, que había conocido a Estévanez, a Bonafoux y al capitán Casero.

Sin que se lo preguntasen, como para presentarse, dijo que su apellido era Pagani. El dibujante dio su nombre y el de los dos amigos, el del escultor y el de Elorrio.

Hablaba el hombrecito español muy bien. Tenía, al parecer, ciertas pretensiones literarias, aunque aseguró que no había publicado con su firma más que algunos artículos, hacía años, en periódicos de América.


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