Los caprichos de la suerte

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Volvió a insistir en lo de la imagen gótica. Era preciosa, según dijo, estaba en su casa, pero no era que fuese suya, sino de la dueña del hotel. La habían visto expertos inteligentes y dueños de tiendas de antigüedades, pero no se decidían a pagar por ello lo que la estatua valía.

—Si quiere usted verla, vaya usted a mi casa cuando quiera. Vivo en la calle de los Solitarios, en un pequeño hotel. No tiene pierde, es el único que hay allí.

—No sé dónde está esa calle —dijo el dibujante.

—Está en Belleville, cerca de las Buttes Chaumont.

—¡Ah, muy bien, ya iré!

La verdad era que no recordaba dónde estaba Belleville, ni las Buttes Chaumont, ni pensaba buscar esos lugares.

—Ahora otra cosa, señor. ¿Sabe usted cómo se llama en español este instrumento de música? —preguntó Pagani, mostrando uno que había sobre la mesa del puesto.

Era como un guitarrillo muy viejo, muy destartalado, con una rueda y un manubrio, instrumento que solían usar hace muchos años algunos mendigos callejeros en Francia y en Suiza.


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