Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

III

LA ZONA

DESPUÉS PAGANI le preguntó a Escalante si no conocía a un militar, Evans, que había estado en España durante el comienzo de la revolución. Escalante dijo que lo conocía y que había hablado con él hacía poco.

—Me han dicho que está aquí, pero no lo sé de cierto.

—Pero eso será muy fácil saber, preguntando en la embajada inglesa.

—Sí, es verdad. Yo no me he atrevido a hacerlo.

—Pues yo lo haré y lo que me contesten se lo diré a usted.

—Pues entonces, si quiere usted hacerme ese favor, si sabe algo de él me lo dice llamando por teléfono al Hotel del Cisne, que está en la calle de los Solitarios y que tiene este número. Mi apellido es Pagani.

—Bien, lo haré.

En una avenida todavĂ­a sin casas, a un lado y a otro de la feria de Clignancourt, se asentaban algunas barracas donde se amontonaba el gentĂ­o. HabĂ­a innumerables puestos y camiones automĂłviles de feriantes.

Entre la multitud brujuleaban unas gitanas preciosas, blancas, rubias, de ojos azules, magnĂ­ficamente vestidas, en medio de otras negruzcas, harapientas y con cara de cuervo. De las primeras se hubiera dicho que eran la aristocracia de la raza.


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