Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte LA ZONA
DESPUÉS PAGANI le preguntĂł a Escalante si no conocĂa a un militar, Evans, que habĂa estado en España durante el comienzo de la revoluciĂłn. Escalante dijo que lo conocĂa y que habĂa hablado con Ă©l hacĂa poco.
—Me han dicho que está aquĂ, pero no lo sĂ© de cierto.
—Pero eso será muy fácil saber, preguntando en la embajada inglesa.
—SĂ, es verdad. Yo no me he atrevido a hacerlo.
—Pues yo lo haré y lo que me contesten se lo diré a usted.
—Pues entonces, si quiere usted hacerme ese favor, si sabe algo de él me lo dice llamando por teléfono al Hotel del Cisne, que está en la calle de los Solitarios y que tiene este número. Mi apellido es Pagani.
—Bien, lo haré.
En una avenida todavĂa sin casas, a un lado y a otro de la feria de Clignancourt, se asentaban algunas barracas donde se amontonaba el gentĂo. HabĂa innumerables puestos y camiones automĂłviles de feriantes.
Entre la multitud brujuleaban unas gitanas preciosas, blancas, rubias, de ojos azules, magnĂficamente vestidas, en medio de otras negruzcas, harapientas y con cara de cuervo. De las primeras se hubiera dicho que eran la aristocracia de la raza.