Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte EL ESCULTOR BARRAL
DESPUÉS DE DAR ALGUNAS VUELTAS despistados, como perdidos en el laberinto de aquella barriada de suburbio, consiguieron los tres curiosos salir de aquel poblado mÃsero y subir de nuevo al bulevar Ney. El escultor Barral dijo que les llevarÃa en automóvil donde quisieran. Escalante observó que tenÃa que ir a visitar a una persona cerca de la plaza de la Estrella.
—Yo le llevaré.
Efectivamente, en poco tiempo los llevó. Bajó Escalante y Elorrio quiso bajar también.
—¿Pero usted, tiene que hacer aqu� —le preguntó el escultor.
—No, pero no quiero hacerle perder el tiempo.
—No, hombre, no. Si yo tengo tiempo de sobra. Le llevaré donde usted quiera. Lo que podrÃa usted hacer es venir a mi casa y comer conmigo.
—Bueno.
—Pues vámonos.
Se detuvieron en una plazoleta próxima al parque de Monceau.
—Ahora, si usted quiere —dijo Barral—, veremos estas estatuas próximas al parque. Son de los tres Dumas célebres. Del novelista, de su padre el general y de su hijo el dramaturgo.
Las contemplaron con atención.
