Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —SÃ, bastante lejos. En la avenida de Italia, en los alrededores de un ferrocarril que aquà llaman de cintura.
—¿Tiene usted mucho que hacer, además de sus artÃculos?
—No gran cosa.
—Porque, si usted quiere, yo le podrÃa ofrecer una cama aquà mientras me sirva de modelo.
—SerÃa una molestia para usted.
—No, no, al revés. Yo soy un hombre que necesito estudiar la figura y me temo que, si se marcha usted, no vuelva. A mà me hace usted un favor. Usted puede fijar sus horas para ver a sus amigos. Yo no tengo para trabajar más que la mañana y parte de la tarde. Luego ya no hay luz en el estudio, asà que desde las cinco o las seis está usted libre.
—Bueno, acepto.
Elorrio comenzó a acudir a la casa del escultor. SalÃa a las cinco y media de la tarde y volvÃa para cenar.