Los caprichos de la suerte

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Llegaron al portal, recorrieron un ancho pasadizo, cruzaron un patio y luego llegaron entraron en un pabellón, torcieron a la derecha y después de bajar tres escalones, al extremo del pasillo llamó Barral a una de las dos puertas y abrieron. Pasaron al estudio del escultor, una estancia alumbrada por ventanas colocadas junto al techo. En el fondo de la habitación había una plataforma de madera a la que se podía llegar subiendo tres escalones.

Al parecer, el escultor trabajaba por entonces en un grupo curioso de tipos de obreros.

Como era algo tarde, tan pronto llegaron Barral le dijo a la muchacha, que era española:

—Saca la comida porque ya es hora.

Elorrio y el escultor se sentaron a la mesa. Barral miraba con atención a su invitado y de pronto le dijo:

—Tiene usted cabeza para hacer un busto. ¿Quiere usted que lo haga yo?

—Sí, pero apenas tengo tiempo. El vivir aquí me hace trabajar mucho y necesito tiempo.

—Pero viniendo aquí, podría usted comer y cenar en casa, porque yo soy lento en mi trabajo.

—Bueno.

—¿Vive usted lejos? —le preguntó después Barral.


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